Trabajos de mier…

Hace seis meses yo tenía un trabajo de mierda. No, no se trataba de un trabajo demasiado esclavo, ni de condiciones degradantes. Tampoco era mileruista, o estaba mal pagada o reconocida. Seguro que alguna de vosotras ya estaréis pensando que soy una malcontenta y que con esas condiciones bastante tenía para estar contenta. Y que es quejarse de balde. En eso tenéis razón, pero lo cierto es que sabéis que realmente creo que es gracias a este inconformismo puñetero y sin sentido que presentamos los humanos que hemos conseguido llegar a la luna y crecer y multiplicarnos con tanto o más éxito que las setas.

La definición de lo que es un trabajo de mierda, sale de este artículo publicado originalmente en un magazine algo revolucionario de habla inglesa y que me ha llegado por varios canales las veces que comentaba la problemática que sentía cuando realizaba este trabajo, algunas veces pensando que iba a ser incomprendida. Se trata de ese tipo de trabajos en los que no produces absolutamente nada. Y tienes la sensación de que si un rayo divino cayera del cielo y acabara en un segundo con todos aquellos que tienen la misma denominación en sus tarjetas de visita comerciales, el mundo seguiría marchando con la misma precisión que un reloj suizo. No pasaría absolutamente nada.

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Hacer el ganso cuando eres un delfín, otro ejemplo de trabajo de mier…

Y ahí es donde empieza el martirio chino de la raza humana. Porque desde hace tiempo los trabajos realmente productivos son realizados cada vez más con ayuda de maquinaria. Se necesita mucha menos capacidad y tracción humana para conseguir el rendimiento necesario para producir nuestro sustento básico. Lo que nos queda es aumentar la producción en lo que no es básico, tirar por el sector servicios… o los trabajos de mierda. Consultores de consultores, abogados especializados en cómo levantar un clip del suelo, multitud de terceros en discordia que intentan sacar lo suficiente para vivir con ese tipo de ocupación.

El problema es que a la larga el ser humano pretende reivindicarse: los trabajos de este tipo no pueden realizarse durante mucho tiempo sin pasar factura psicológica. A no ser que seas un témpano sociológico al que le resbale completamente de donde sale el dinero que cae cada mes entra en la cuenta del banco, te sentirás mal por ejercer este tipo de trabajo. A pesar de que no haces nada amoral, ni ilegal, te da la impresión de que has vendido tu alma al diablo y según van pasando los años resulta más y más difícil escaparse.

Yo escapé. No voy a asegurar que el trabajo que hago ahora tenga más sentido que el que hacía antes. Pero yo al menos le veo mucho más sentido. Y en eso reside toda la diferencia.

Levantarse 101

Sé que este blog nunca va a ganar un premio a la regularidad, pero lo cierto es que hay momentos que me pierdo del todo. A pesar de que me encanta compartir cosas en este espacio, de que hay mil ideas que contar, muchas ideas que me encantaría compartir, ocurre lo mismo de siempre. Me vence la rutina, el fluir de la vida: estoy demasiado cansada, hay una comida por hacer, los Supernenes necesitan urgentemente una madre o SM pide algo de atención… Es el río que nos lleva.

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Por fortuna vengo de una familia en que me han enseñado a trabajar duro, a que si tengo algo en mente tengo que seguir trabajando e intentándolo todas las veces que sea necesario. No me tengo que agobiar y estresar por las veces que he caído. Simplemente tengo que seguir intentándolo hasta que consiga ponerme de nuevo en pie y poner en marcha aquello que me propongo. Y realizar los cambios que sean necesarios para intentar que la cosa funcione.

He vuelto. Lo importante en esta vida no es caer cien veces, lo que importa es levantarse la ciento uno.

¡Qué suerte ser así!

¡Qué suerte pensar que eres el heredero de una especie de tierra prometida!

Poder pensar que tienes lo que te mereces, que un hogar seguro no es un privilegio sino tu derecho por nacimiento…

… que los problemas del mundo no te tocan, no te rozan, porque tú, cómodo en tu poltrona, te mereces estar ahí.

Y son los demás, los otros, los que tienen que vivir con menos de un euro al día, o menos de dos, los que tienen el problema. Pero que te dejen en paz a tí, hombre, que tú no tienes la culpa de nada…

¡Qué suerte no ver los problemas del mundo hasta que no llaman a tu puerta!

Y cuando llaman enfadarte con los que no se resignan a morir en donde les toca, qué personas tan molestas.

Qué avaros, qué mezquinos, venir aquí con los problemas que tenemos, con la que está cayendo… Quieren las migajas de nuestro grande y jugoso trozo de pastel… Bueno vale, igual ya no es trozo de pastel, que en los últimos años tenemos solamente una magdalena. Pero, ¿qué se han creído, caray, venir huyendo de una guerra atroz en que lo han perdido todo y pretender que les pongamos de gratis un techo, algo de comida y una cobertura básica hasta que puedan levantar un poco cabeza? ¡Con lo que eso cuesta! Es mejor seguir como hasta ahora y gastarse ese dinero en mordidas y mamandurrias varias: cada palo que aguante con su vela.

¡Qué suerte pensar que son los otros los que tienen que hacer algo!

Porque tú lo tienes tan claro, que no es problema tuyo, que la injusticia social a nivel mundial no la has inventado tú (solamente vas montado en ella). Y eso ayuda a que te laves las manos, no puedes hacer nada al respecto…

Es más, es el que lo ve como un problema global el que “tiene que abrir sus puertas a esos millones y millones de refugiados” (o “mientras no tengas tú uno en casa, no puedes hablar”: dando merecida cuenta de tu ignorancia sobre el problema, ya que en España al menos no hacemos ni la mitad de lo que podríamos hacer y estas personas necesitan una infraestructura determinada y un apoyo profesional cuando viene…).

Datos

Reproducida de The Economist

Lo mejor de todo es que después de estas conversaciones, la que se queda pensando como una gilip… si podría hacer más de lo que hago suelo ser yo, porque tú, tú tienes la suerte de tenerlo clarísimo: la ignorancia y la estupidez son alguna de las bases de una felicidad duradera.

¡Qué suerte que tu mayor preocupación sea que la prensa no emita imágenes que “alteren tu paz espiritual”!

Y que no cierres los ojos y veas en el rostro de ese niño tendido en la arena el rostro de los tuyos propios…

… sabiendo el tipo de situación desesperada que te llevaría a jugar su vida a la ruleta rusa y agradeciendo por dentro una y mil veces que de momento te salvas.

¡Qué suerte pensar que nunca, nunca, te va a tocar a tí!

Y sí, soy una “buenista” que he vuelto a quitar la palabra de la boca a “los míos” para dárselo a quien creo que lo necesita más en este momento. En Octubre os prometo que sale el post sobre conciliación que tengo preparado, pero hoy no me podía quedar callada… No, no creo tener la verdad absoluta, ni tengo la solución a todos los problemas. Pero al menos tengo la decencia de reconocer que esto es una olla a presión y que no podemos esperar a que pete y nos abrasemos para plantearnoslo…

Si Susana fuera un hombre

Susana Díaz acaba de ser mamá, y se le ha ocurrido parir coincidiendo con la semana de la lactancia materna. Como yo el tres de agosto casi siempre termino dedicándolo a estos temas, estuve pensando en todo lo que he leído en prensa, que ha sido poco porque estoy de vacaciones. Y me he quedado con la frase que abre la cabecera y que he sacado de un estupendo artículo que hace mención a que si Susana fuera un hombre, no nos hubiéramos enterado siquiera de su maternidad, como ha ocurrido con tantos y tantos políticos varones del panorama nacional.

El artículo me parece justo y meritorio, si partes del punto de vista de que somos todos iguales. Pero el caso es que Susana no es un hombre y si escribo estas líneas es porque yo tampoco lo soy. Y mientras no perfeccionemos el tema ese de la Franken-carne y otros adelantos biológicos que nos llegarán en el futuro, Susana, Carmen, Soraya y las que vendrán después de ellas, tendrán que discutir su baja laboral porque solamente ellas pueden parir, no pueden poner la semillita y largarse de todo lo que les viene en aras de una ambición desmedida por trepar. Ellas van a tener que soportar durante nueve meses la carga biológica que supone multiplicar una célula solitaria hasta crear un ser de unos tres kilos de peso en media. Y aunque ahora existan alternativas a la alimentación por leche materna, no dejan de ser sucedáneos de lo real y de lo que tendría que ser lo normal, que es la lactancia materna que estamos promocionando en esta semana.

Si es el primer escrito mío que cae en tus manos, igual te están dando ganas de clasificarme como fundamentalista talibana de la teta y apagar el ordenador o la tablet desde la que estés leyendo. Pero las que llevan un tiempo siguiéndome saben que hay un pero. Somos biológicamente muy distintos y tenemos que asumirlo e integrarlo en nuestros usos y costumbres si de verdad queremos sobrevivir como especie. Porque las mujeres somos las que podemos parir y dar el pecho pero eso no está reñido con la cantidad de inquietudes intelectuales, sociales y de mando que tenemos y a las que hoy en día podemos acceder gracias al cambio en la sociedad que nos rodea. No sólo eso, hay muchos hombres que hoy en día quieren ejercer de padres de sus hijos, no sólo de Cromagñones que salen a cazar al campo y vuelven de tanto en tanto para alimentar a la prole y volver a preñar a la hembra. El problema es que cambiamos la estructura social, cambiamos las promesas, pero llegó un momento en que en España se detuvo el cambio antes de llegar a la cima: horas de trabajo que no sirven para aumentar la productividad, horarios imposibles e intempestivos que vienen de otras épocas en que no había más remedio que realizarlos y esa mentalidad ofuscada de que sólo es buen trabajador aquel que no levanta la cabeza, ni el culo del lugar que tiene asignado en su oficina.

Después de mi periplo europeo, cada vez tengo más claro que trabajar mucho no está proporcionalmente relacionado con las horas en que calientas el banco o figuras en la empresa. Y que el mejor jef@ y directiv@ no es aquel que se tiene que desplazar a la oficina recién parida/con la mujer en la sala de recuperación para figurar, sino aquel que se puede permitir tomarse una baja de unos días y un bajón en el ritmo de su trabajo unos meses sin que se resienta demasiado el ritmo de su departamento. Entiendo que un autónomo o una empresa de menos de diez personas no pueda perder a su cabeza pensante por un tiempo tan grande (aunque también creo que hay soluciones creativas a aplicar en ese tipo de casos para lograr conciliar la vida familiar y laboral). Pero en cualquier estructura de más de diez personas, se puede suplir con un poco de buena voluntad por las dos partes esa baja sin problemas. El mejor favor que nos podrían hacer a todos es igualar la baja laboral por paternidad de hombres y mujeres en este país: poner un mínimo remunerado y lógico para los dos padres que beneficie a los bebés, que al fin y al cabo son los protagonistas de este momento. Y luego un sistema que permita tomarse el tiempo necesario, aunque sea de forma no remunerada a cualquiera de los dos padres sin sufrir hándicaps laborales en ese proceso. Así se conseguiría matar dos pájaros de un tiro. ¿Utopía? Dejemos de mirar en el caso Susana Díaz a los políticos varones de este país como ejemplo a seguir y miren por favor para fuera. Si el presidente del gobierno británico pudo permitirse una baja laboral por paternidad, creo que no es utópico pensar que cualquiera puede tomarla.

Padres que no pueden soportar a sus hijos

Llega el verano y las vacaciones escolares. En España ya lleváis unas semanas disfrutándolas. A mí me quedan aún un par de ellas para tener a los dos Supernenes en casa. Y puede que sea una loca confesa, pero estoy muy contenta por ello. Contenta de que se acabe el curso, las presiones, de tener tiempo en casa para disfrutar con mis hijos, de poder irme a la playa con ellos… Juzgando por lo que se lee en la blogosfera, soy una rara avis. Las madres y padres que nos alegramos de las vacaciones, somos los menos.

 

Verano chiste Faro

El chiste me ha llegado circulando por la red, pero la fuente original de la ilustración es http://www.e-faro.info

 

Ha sido una amiga mía, maestra y blogger también, la que comentaba el otro día con nosotros cómo le pone nerviosa por estas fechas la cantidad de padres que ya no es que parezcan desbordados por las vacaciones que se acercan, sino que se quejan de tener que convivir con sus hijos durante más de dos días seguidos. La primera situación dentro de lo que cabe, es normal, si resulta que tienes niños pequeños y una jornada laboral completa y no tienes donde dejarlos en esos momentos: soy madre trabajadora y he vivido esa tesitura, sé el dolor de cabeza que cuesta organizar un verano para que tus hijos estén bien atendidos y cuidados… no, no es a esto a lo que me refiero. Os puedo asegurar que te pasa incluso teniendo un sistema muy eficaz de cuidado fuera de las horas de escuela como el que tienen en Sajonia, o críos algo más grandes como son los míos en este momento.

Tampoco me estoy refiriendo a los momentos chiste o de desazón que tenemos todas (estoy pensando en el Club de las Malas Madres, que es el último lugar donde he leído lamentos variados y en masa por las vacaciones y mira, justamente cuando voy a poner el enlace me doy cuenta de que hace poco han hablado de un tema parecido). Todas tenemos esos cinco minutos secretos en el día en que nos arrepentimos mogollón de haber sido madres y ese momento en que damos gracias a quien nos corresponda en la lista de creencias porque no hay una lámpara de Aladino con tres deseos (ya que habríamos usado uno para borrar a nuestros retoños del mapa). Todas necesitamos una hora o dos de olvidarnos de que somos madres y nos la merecemos de cuando en cuando. No, la frustración es humana y normal, los niños son niños y hay ratitos en que les mandaríamos solos al fresco. La buena noticia es que según van siendo más mayores, ¡es posible hacerlo! Y creedme que eso facilita mucho la paz y la armonía familiar (pero ese es otro tema en el que no voy a meterme ahora).

No, estoy hablando de algo más profundo, de gente que parece haber tenido hijos porque “tocaba” y se dedica a ir dejándolos aparcados según corresponda la temporada: en invierno en clase, en verano en la animación del hotel. En las últimas vacaciones en Mallorca, viví como dos señoras delante de mí le decían literalmente a la de la recepción que les “habían arruinado las vacaciones” porque la animación infantil cerraba una hora al día para comer. Cuando me tocó el turno y comenté con la muchacha que me parecía una exageración, me confesó que era muy frecuente, demasiado frecuente en los últimos años. Lo cuál choca más porque estamos en una época en que tener hijos tendría que ser una actividad completamente voluntaria…

Como madre, intento no juzgar las circunstancias de los demás porque ya tengo bastante con las mías propias. Intento pensar que esta gente tiene poco tiempo para estar con sus parejas en sus vidas normales, no sé, intento buscar explicaciones lógicas para que alguien pueda considerar su vida arruinada por tener que pasar una o dos horas al día con sus hijos en vacaciones. Pero rodeada como estoy por amistades que ejercen como maestras, educadoras infantiles y profesor@s de instituto, sé que hay muchos casos en que no ocurre así. En que sencillamente cada hora de menos pasada con sus hijos es una hora ganada al día. Y si me meto en ello y me preocupa es porque por mucho que hablemos de las horas de “calidad” pasadas con nuestros retoños, realmente la mejor educación que les podemos dar es la basada en el ejemplo y en el cariño. Para eso, se necesita contacto con ellos. Contacto cuando estás tú también en lo mejor. Dejamos el cuidado de nuestros hijos en manos ajenas y luego nos asombramos cuando hay unos adolescentes delante de nosotros, a los que no reconocemos y de los que no sabemos absolutamente nada.

Para mí, tener a mis hijos cerca en verano, cuando no estamos presionados por un horario que nos constriñe y nos hace perder los nervios y la calma; cuando podemos permitirnos esa media hora más en la cama achuchándonos, o ese desayuno interminable viendo una película; cuando los días son largos y abrimos y cerramos las playas; cuando no tengo que decir que no a un helado o a un refresco porque se han pasado todo el día corriendo y jugando en lugar de estar atados a un pupitre, para mí estas cosas pertenecen a los mayores placeres y las mayores satisfacciones que puedo vivir. Lo hago sin sacrificio y me carga a mí también las pilas de cara al invierno en el que tengo que ser a veces también madre gruñona y desagradable. Desgraciadamente, también puedo empezar a dar fe de aquello de que la infancia es una época que se pasa demasiado pronto. Hay que aprovecharla mientras se puede porque vuelan cada vez más temprano.

De vacunas y otras leches

Sé que me estoy metiendo en un jardín y que igual hacía mejor no hablando de estos temas porque además mis hijos ya están algo mayorcitos y podría hablar de política que es una cosa algo menos polémica. Pero el caso es que ni en Tweeter, ni en FB, me va a dar para explayarme sobre algunos de los comentarios leídos y escuchados sobre el caso de difteria que acaba de romper una racha de casi treinta años en España sin la enfermedad.

Empecemos por aclarar que yo para los médicos soy una mosca cojonera. No puedo evitarlo, nací así. Mi madre dice que la fase del “por qué”, en mi caso se solapó con las primeras palabras que dije. Y cuarenta y algún año después puedo confirmar que todavía no se me ha pasado. Si algo no me queda claro, pregunto. Si me ha quedado claro pero no lo suficiente, también pregunto. Es un procedimiento algo tedioso para el médico y para mí, pero que me ha librado, por ejemplo, de ser operada a boquete abierto (descubrí preguntando que existía la posibilidad de hacerlo por laparoscopia) y evitó que SG fuera vacunada seis veces contra la hepatitis B por culpa del desarreglo de calendarios entre los dos países en que la visitaba el pediatra.

Con el tema de las vacunas no iba a ser diferente. Pregunté por activa y pasiva, me empollé las ventajas e inconvenientes de cada una de las vacunas que se me iban ofreciendo. Y salvo la de la varicela, que decidimos retrasarla después de hablar con la pediatra (porque seguramente la iban a ofrecer gratuita a finales del año en que los dos Supernenes la pasaron de forma natural), mis hijos están inmunizados contra todas las enfermedades de los dos calendarios que los cubrían*, menos contra su propia frescura (al que encuentre esta vacuna, le haremos rico). Tenía muy claro que los inconvenientes individuales de pasar por la vacunación son ínfimos en comparación conque a tu hijo le arreé una meningitis tremenda que se lo lleve al otro barrio. Y como ocurre en el caso del avión como medio de transporte y en el caso de los efectos secundarios con las vacunas, por mucho que haya de cuando en cuando alguno que se cae, lo importante es que siguen siendo el mejor método de transporte y el mejor método de protección si quieres seguir llevando una sana y larga vida. Y no solamente para tí. Hasta ahora los que no han vacunado, han ido disfrutando de la ventaja real que produce una mayoría vacunada de la población (busquesé en internet protección de grupo). Pero está por ver que pasa si una cantidad demasiado grande de personas decide no vacunar. Parece ser que el caso actual se ha dado en un crío al que sus padres no habían vacunado intencionadamente, pero podría también haberse dado perfectamente en uno en el que la vacunación no hubiera producido todavía la inmunidad completa, a un crío realmente alérgico a las vacunas o en un bebé tan pequeño que aún no se hubiera podido vacunar…  A mí al menos mi sentido de la responsabilidad social no me dejaría dormir por las noches sabiendo que he podido hacer algo sobre este tema y no lo he hecho (la carta de Roah Dahl que reproduce en su artículo mi querida MR es sobrecogedora y nos recuerda que hasta aquello que nos parece una enfermedad de niños, puede tener consecuencias espantosas).

Hasta ahí lo que pienso sobre las vacunas. Bueno, ahí va la sorpresa: he dado de mamar a los dos Supernenes hasta los tres años, más o menos. Y no paso (sin cabrearme) por leer ayer más de un comentario que equiparaban a las madres que hemos dado lactancia materna prolongada con las antivacunas. No paso por ello porque tanto vacunar como dar el pecho son actividades sobre las que hay suficientes estudios para avalar el beneficio a la salud pública que reportan. Eso es de todos conocido (también búsquese por Internet beneficios de la leche materna). Lo que no es tan conocido si no me habéis leído en el otro blog es que, al menos para mí, la lactancia fue un periódo estupendo, que de esclavitud nada de nada y que si uno tiene una baja maternal y unas ayudas y estructuras adecuadas tampoco te supone ningún parón radical en tu actividad, ni en tu ciclo vital. SM como hombre, no se ha sentido para nada desplazado de su paternidad por mis tetas. Es más, los Supernenes adoran a su padre, que tiene bastante menos mala leche que yo.

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Tengo un par de tetas y una actitud… se usar las dos cosas de múltiples maneras.

Como feminista, que es algo que también soy aunque algunas que se dan mucho de ello de boquilla parece que no se lo crean, lo que quiero es que mis hijos en un futuro pueda elegir tan tranquilamente como lo elegí yo poder tener hijos o no tenerlos, poder darles el pecho o no (pero con un no convencido, no sencillamente porque alguien que no ha visto una lactancia de cerca en su puñetera vida les ha dicho que es muuuuy difícil y muuuuuy esclavo o porque no tengan la ayuda necesaria para establecer la lactancia, que no es lo mismo que tener una enfermera encima que no sabe cómo hacerlo y encima te está metiendo presión). Y que mis nietos nazcan en un entorno donde a ser posible muchas enfermedades estén completamente erradicadas porque todos hemos cumplido con nuestra parte personal de responsabilidad. No creo que sea pedir mucho. Respeto y responsabilidad, poco más.

 

* Sigo sin tener claro la utilidad de la vacuna de la gripe, salvo en casos por ejemplo como el de Supergüelo que está enfermo del corazón. Digamos que por eso no me considero anti-vacunas, simplemente en ese caso concreto, todavía no he decidido.

 

 

Ser madre

Han pasado doce años pero todavía recuerdo el día por estas fechas en que SM y yo nos enteramos de que íbamos a ser padres. En realidad la única diferencia entre el día anterior y aquel había sido que de repente un pensamiento idealizado se había convertido en una especie de futuro perfecto. Recuerdo mi sensación de alegría mezclada con un terrible miedo que me invadió en aquel momento. La misma sensación básica que sigo teniendo día a día en relación con la maternidad.

Ser madre es vivir en la cuerda floja. Un trabajo directivo de 24 horas al día y 7 días a la semana. No hay días libres. No hay fiestas. Es un trabajo que dura toda la vida, hasta el momento en que tú exhalas el último suspiro; o hasta que la vida te parte un trozo de alma y te condena a seguir viviendo sin él. Incluso en las pocas ocasiones en que tus hijos están fuera de tu control directo, los sientes como responsabilidad tuya. No dejas de sentirlos como responsabilidad tuya cuando crecen, a pesar de que resulta necesario darles espacio y tiempo para que empiecen a construir una responsabilidad propia. Decidirte a ser madre es decidir amar a un ser hasta lo infinito, alimentarle, cuidarle, enseñarle y estar ligada a él. Pensarte responsable de todos sus malos comportamientos, preguntarte por qué no han aprendido las cosas que se suponen que les han enseñado… Estar siempre al filo de la navaja. Saber que vas a sacrificar muchas cosas por ellos. Si decides quedarte en casa, serás criticada por decidir poner tu dinero donde está tu corazón. Si compaginas la maternidad con una carrera laboral, salvo en un reducido número de casos, si tienes familia siempre se va a cuestionar tu compromiso con lo laboral. Habrá noches en que no dormirás, pensando si deberías cancelar la agenda del día siguiente por esa tos que escuchas al otro lado del pasillo. Y otros días en que te sentarás culpable en la oficina sabiendo que tu hijo enfermo está siendo cuidado por manos ajenas. O terriblemente agradecida a tu propia madre, ya que sin ella no podrías estar en esos momentos trabajando.

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Momento orgullo: si están ahí interesados mirando, es que algo he hecho bien…

Los hijos son el espejo de todas tus malas virtudes, pero en el fondo también lo son de tus sueños y tus esperanzas. Es necesario comprender que el camino de sus sueños no siempre va a ser el mismo que el que tú te habías imaginado. Pero creo que el de nuestras esperanzas sí coincide: espero que los Supernenes sean felices, sean buenas personas y hagan de este mundo un lugar un poco mejor para ellos mismos y para todos aquellos que les rodean. Creo que no es mucho pedir y creo que de momento, la semilla que veo crecer en ellos, promete buena cosecha si la cosa no se tuerce.