Crema de zanahorias y lenteja roja

La receta que traigo hoy ganó de calle la votación de ayer entre las que os decidísteis a votar (que tampoco fuistéis muchas). Y la verdad es que me alegro, porque le tengo mucho cariño. Es mi primera receta vegana. Y me recuerda a una época feliz y a una serie de personas que estaban en aquel momento en mi vida y con las que compartí el éxito de copiar esta receta. Porque tengo la mala costumbre de “copiar” recetas que me han servido en algún restaurante (o al menos intentarlo) para hacerlas en casa.

Conocí Cornucopia en mis tiempos de estudiante en el Trinity College. Me llevó una muy buena amiga con la promesa de que hacían unas sopas y ensaladas que estaban realmente buenas. Resulta muy difícil comer verdura o fruta fresca por esas latitudes. Yo por aquel entonces todavía tenía la idea de que comer vegetariano equivalía a hartarse de verdurita rehogada, cosa que además no me importaba lo más mínimo (creedme, mi plato favorito son las acelgas rehogadas con un poquito de ajo, y mis hermanos y mis primos todavía se sienten resentidos por eso). Pero Cornucopia fue una revelación, un restaurante vegetariano que no servía solamente las prometidas sopas y ensaladas, sino además quiches, tartaletas, hamburguesas vegetales… y todo estupendo, fresquito y delicioso. Pero mi favorita siempre fue esta sopa, tan sencilla de preparar que no tuve que hacer demasiados intentos para clavar la receta en casa.

Crema de zanahoria y lenteja roja

INGREDIENTES:

  • 1 cebolla (opcional)
  • cilantro fresco
  • 1 kg de zanahorias
  • 250 g de lentejas rojas
  • 1 l de caldo de verduras
  • Aceite de oliva
  • Sal al gusto (opcional también, si el caldo está salado o tiene bastante sabor)

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Pelar y cortar la cebolla, no hace falta que sea en trozos muy pequeños. Rehogarla unos minutos con un poco de aceite. Cuando haya tomado algo de color, añadir el cilantro y rehogar un minuto más. En la Thermomix pongo la cebolla en cuartos y troceo en velocidad 6 unos segundos, bajo todo de las paredes del vaso y añado el aceite para cocinar seis minutos y medio a temperatura Varoma y velocidad cuchara. Añado el cilantro y cocino a la misma temperatura y velocidad 30 segundos más.

Uno de los secretos de esta receta y en general en toda la comida vegetariana en general es que es importante usar hierbas frescas para las recetas. La diferencia de sabor es apreciable. Es una de las cosas que me encantan de tener un pequeño rincón para las finas hierbas en el jardín, o un par de tiestos con ellas en las ventanas. Pero el cilantro es una de las hierbas que en Alemania resulta difícil de encontrar, difícil de mantener y casi imposible de plantar por tu cuenta. Así que lo que lo que suelo hacer para asegurarme de que tengo siempre algo disposible es comprar un paquete de cilantro fresco en la tienda asiática, picarlo y congelarlo en la nevera. Algo de sabor se pierde, pero sigue siendo mejor que usar la versión seca de las hierbas.

 

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Mientras pocha la cebolla, pelo y preparo las zanahorias. Van en trozos no demasiado grandes. Normalmente pongo zanahorias normales, pero hoy estaba en el Super de oferta un pack de zanahorias variadas, de colores como morado o amarillo. La única diferencia es que el color de la sopa queda distinto. Particularmente me gusta mucho el color anaranjado que dan las zanahorias corrientes. En la Thermo añado la zahanoria un minuto y vuelvo a rehogar a la misma velocidad y temperatura. En la olla rehogo tambíen la zanahoria unos minutos. En este punto de añade la lenteja roja y se remueve un poco para que se mezcle.

El último paso es añadir el caldo y cocer la verdura durante quince minutos. En la Thermo marco 18 minutos para dar tiempo a que el caldo se caliente un poco. Temperatura Varoma y velocidad 2. Después de la cocción, dejar enfriar un poco y hacer un puré cremoso con la minipimer o con la Thermo.

 

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Delicioso y más sencillo imposible…

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La vida como experiencia educativa

Llevo una temporada dándole vueltas a algo que me dijo mi psicólogo cuando le comenté que en mi relación con mi mando superior, me daba la impresión de que siempre se juntaba el hambre con las ganas de comer. Vamos, que yo soy muy exigente conmigo misma y encima los jefes suelen quererlo todo para ayer por la tarde y con filigranas a ser posible. Lo cuál me provoca estrés que a su vez es uno de los factores desencadenantes de la depresión en mi caso. Mi psicólogo que es un tío bastante espabilado enseguida le dió la vuelta a la tortilla y me recomendó que me tomara la cadena de mando, la empresa y los momentos malos como una experiencia educativa. “Tenlo claro” me dijo, “es el momento adecuado para poner en práctica todo lo que has aprendido en la terapia”. Y encima me dejó con la perla de que muy pocas personas tienen la oportunidad de practicar tan de primera mano lo que han aprendido como yo.

Porque reconozcamos que me meto en todos los jaleos posibles y alguno más y he tenido que aprender a decir que no sobre la marcha. A mí misma (no te metas en ningún fregado más, no te empeñes en sacar hoy la receta de la crema de zanahoria, no te metas en filigranas para el 52 S…) pero también en muchas ocasiones a los demás (no puedes estar en dos sitios al mismo tiempo así que si quieres desayunar con los niños en vacaciones no puedes trabajar nueve horas diarias). Que me hierve la sangre por dentro cuando alguien me trata como idiota (y a todos nos ocurre en ocasiones que confundimos “idiota” con “extranjero”. Te das perfecta cuenta de ello cuando empiezas a ser extranjero tú). Que hay gente que va por la vida avasallando a los demás y muchos de ellos han acabado en esa cadena de mando de la que hemos hablado antes porque en la época del pelotazo estaba bien visto tener esa actitud…

Me da igual. Como a Santa Teresa, tengo que conseguir que nada me turbe (con la desventaja de que soy atea y lo de que sólo Dios basta a mí me deja bastante indiferente).

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Así que bienvenida sea la vida, bienvenidas las personas y los momentos desagradables que me tocan, en realidad tengo que empezar a verlos como lo que son: un campo de prácticas para esa mejor yo que llevo tiempo buscando.

Experimentos con luz y espumas

La Aldea tiene también rincones con poco encanto. Hay partes enteras que resultaron bombardeadas en la guerra y que fueron reconstruidas en los años 60 con edificios hechos con cemento armado. Feos, definitivamente feos. Lo más curioso es que incluso en un ambiente que no es precisamente lo más agradable estéticamente hablando, hay lugares que tienen un encanto especial, o en los que se puede apreciar algún detalle que los hace únicos e interesantes. Eso ocurre con este complejo de apartamentos, situados al lado del río. De día son una serie de torres feas, sin mucho encanto, pero cuando por la noche jugamos con la luz, resultan completamente diferentes:

 

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Y si me parece que tienen un encanto especial, es porque desde la primera vez que lo ví, me ha recordado a algo que durante mucho tiempo fue una parte importante de mi vida: la ciencia. No es broma, observad la foto de abajo y comparadla con la de arriba. Simplemente jugando con la luz, a veces se pueden conseguir estas cosas.

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Trabajos de mier…

Hace seis meses yo tenía un trabajo de mierda. No, no se trataba de un trabajo demasiado esclavo, ni de condiciones degradantes. Tampoco era mileruista, o estaba mal pagada o reconocida. Seguro que alguna de vosotras ya estaréis pensando que soy una malcontenta y que con esas condiciones bastante tenía para estar contenta. Y que es quejarse de balde. En eso tenéis razón, pero lo cierto es que sabéis que realmente creo que es gracias a este inconformismo puñetero y sin sentido que presentamos los humanos que hemos conseguido llegar a la luna y crecer y multiplicarnos con tanto o más éxito que las setas.

La definición de lo que es un trabajo de mierda, sale de este artículo publicado originalmente en un magazine algo revolucionario de habla inglesa y que me ha llegado por varios canales las veces que comentaba la problemática que sentía cuando realizaba este trabajo, algunas veces pensando que iba a ser incomprendida. Se trata de ese tipo de trabajos en los que no produces absolutamente nada. Y tienes la sensación de que si un rayo divino cayera del cielo y acabara en un segundo con todos aquellos que tienen la misma denominación en sus tarjetas de visita comerciales, el mundo seguiría marchando con la misma precisión que un reloj suizo. No pasaría absolutamente nada.

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Hacer el ganso cuando eres un delfín, otro ejemplo de trabajo de mier…

Y ahí es donde empieza el martirio chino de la raza humana. Porque desde hace tiempo los trabajos realmente productivos son realizados cada vez más con ayuda de maquinaria. Se necesita mucha menos capacidad y tracción humana para conseguir el rendimiento necesario para producir nuestro sustento básico. Lo que nos queda es aumentar la producción en lo que no es básico, tirar por el sector servicios… o los trabajos de mierda. Consultores de consultores, abogados especializados en cómo levantar un clip del suelo, multitud de terceros en discordia que intentan sacar lo suficiente para vivir con ese tipo de ocupación.

El problema es que a la larga el ser humano pretende reivindicarse: los trabajos de este tipo no pueden realizarse durante mucho tiempo sin pasar factura psicológica. A no ser que seas un témpano sociológico al que le resbale completamente de donde sale el dinero que cae cada mes entra en la cuenta del banco, te sentirás mal por ejercer este tipo de trabajo. A pesar de que no haces nada amoral, ni ilegal, te da la impresión de que has vendido tu alma al diablo y según van pasando los años resulta más y más difícil escaparse.

Yo escapé. No voy a asegurar que el trabajo que hago ahora tenga más sentido que el que hacía antes. Pero yo al menos le veo mucho más sentido. Y en eso reside toda la diferencia.

Luz de gas

La primera vez que uno camina por las calles de mi barrio, prácticamente a oscuras, casi cuesta creer que la aldeíta fue una de las primeras ciudades alemanas con alumbrado público urbano. En el siglo XIX, las farolas eran casi todas de luz de gas y hasta hace algunos años muchas de ellas seguían alumbrando con este método. Hoy casi todas están convertidas para funcionar con electricidad, pero se ha mantenido su estética de hierro forjado y los diseños originales de la época en que por primera vez “vieron la luz”.

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